¿Olvidar?

29 11 2009

Qué hiciste, luz de mi vida; qué hiciste con tanto amor que te entregué. Cómo pudiste ser tan egoísta de absorberme y quedarte todo de mí sin entregar nada a cambio. Al menos podrías haberme devuelto el amor que yo te di, no te pedía nada más.

Dime a quién has destinado ese amor que me pertenecía. ¿O a caso lo guardas aún en tu corazón? Si no me quisiste ni me amaste, y prometiste no amarme jamás, saca de dentro esos sentimientos que yo te di, escúpelos, extráelos de tu alma porque no te los mereces; no quiero que los lleves dentro. Y si ya los has sacado y se los has entregado a otro, él ha de saber que partieron de mi corazón, que fui yo quien te dio ese amor que ahora alberga en su ser. Díselo; dile que te amé y tú a mi no, para que se de cuenta de lo afortunado que es por ser correspondido.

Aunque quizás tú le entregaste ese amor pero él no te ama a ti. Me resulta difícil de creer que alguien que te conozca bien no te ame, pero si es así, no te preocupes, haz lo que hice yo cuando te amaba y tú me ignorabas: intenta olvidar, pero inténtalo de verdad, con todas tus fuerzas, si no será imposible. Y por mucho que te esfuerces, siempre quedará un resquicio de él en tu corazón, del mismo modo que en un rincón de mío sigue escondida tu sonrisa, hoy y para siempre.

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Hoy, a golpe de versos

26 11 2009

La Luna tiene dos caras

 

Mira hacia el cielo

una noche estrellada,

mira a la Luna,

mantén la mirada

 

Ella es preciosa

Más que ninguna

Pero perniciosa

Llena de amargura

 

No dejes que te cautive

No te dejes enredar

Si logra que seas suyo

No dejarás de llorar

 

Porque la luna nos muestra

Sólo su cara bonita

Pero oculta en las tinieblas

Está su cara sombría

 

Y cuando cambia su rostro

De día y a pleno sol

Desaparecen su brillo

Su amor y su resplandor

 

Te dirá que te ama mucho

Que te quiere más que al sol

Pero si la necesitas

Huirá buscando el calor

 

El calor de las estrellas

Sus fieles acompañantes

Que le aconsejan que tenga

Cientos y cientos de amantes

 

Después los enamorados

Se besan bajo la luna

La miran y se enamoran

Hace grande la ternura

 

Pobres amantes nocturnos

Aquellos que la veneran

Creyendo que con su luz

Lograrán lo que quisieran

 

Sepan, amantes de noche

Que la luna no es tan bella

Y que el amor verdadero

Nunca nacerá en ella.

 

 

Un buen susto me has dado

 

Un trueno escalofriante

Me despertó esta mañana,

Y con su luz descubrí

Que estaba solo en la cama

 

Me incorporé de repente

Pensando por qué no estabas.

No podías haberte ido

A las tormentas odiabas

 

El agua caía fuerte

Y golpeaba las calles

Como el trote del caballo

Cuando recorre los valles

 

También dentro de mi cuarto

Cayeron algunas gotas.

Bajaron por mis mejillas

Rompiendo contra mis botas

 

Mis botas, que me las puse

Para salir a buscarte,

Pensando que si corría

Quizás podría alcanzarte

 

¿Será que ya no me ama?

Pensaba desesperado.

¿Será que ha encontrado a otro

Del que se haya enamorado?

 

De repente se sacaron

Las lagrimas de mi cara

Cuando el aseo se abrió

Y vi salir a mi amada

 

¿Qué haces con esas botas?

Dijiste al verme las fachas.

¿Que qué hago, me preguntas?

Pues amarte con más ganas.

 

Y de nuevo entre mis brazos

Arrugábamos las sábanas

Hasta que el sol despidió

A la tormenta a patadas

 

Vaya susto que me has dado

Pensé que me abandonabas.

¿Cómo iba yo a marcharme

Sabiendo lo que me amas?





El sueño de los elefantes enamorados

24 11 2009

Anoche salí a hacer footing y a pasear al perro, como hacíamos antes, ¿recuerdas?, cuando aún no te habías ido, y me pareció verte delante corriendo despacio, con esas mayas verdes que te quedaban tan bien. Será porque hace tanto que no te veo y hace tanto que te sueño cada noche, que la vida a veces ya se me convierte en sueños; que ya no sé distinguir entre la vigilia y la fantasía, entre lo real y lo que en realidad deseo.

Salíamos los dos juntos a correr bajo las estrellas para después llegar a casa y darnos un baño. Cuántas veces el perro saltó a la bañera y se metió con nosotros, llenando el baño de agua. Yo me enfadaba con él y le regañaba, pero tú sonreías, como siempre, para que se me quitase el enfado, y una vez más lo conseguías. Después, preparábamos la cena juntos, y aunque llegásemos hambrientos, tú siempre preparabas algo ligero, porque tu madre te había repetido desde niña que hay que cenar poco, y tú cada noche me lo repetías a mí, poniendo esa voz que pone tu madre siempre cuando va a decir algo importante.

Cenábamos tirados en el sofá, porque la mesa siempre estaba ocupada con tus lápices, tus lienzos y el portátil con el que yo escribía mis crónicas. Jamás logramos recoger la mesa un día para poder cenar sentados como personas civilizadas, pero no importaba, porque en el sofá lo pasábamos mucho mejor, y además así luego no había que quitar la mesa y recoger las migas. Las del sofá se las comía el perro, algo que tú odiabas porque te parecía una guarrada.

La mayoría de las veces te quedabas dormida allí mismo, en el sofá, enfundada en esos ajustados vaqueros viejos que te ponías para estar en casa, tan incómodos para pasar la noche. Entonces, comenzaba uno de mis rituales favoritos: el de llevarte a la cama en brazos para desnudarte poco a poco y con cuidado de que no te despertarás. Una vez en cueros, te tapaba con la manta de elefantes que guardabas desde niña, porque, según decías, gracias a esa manta tenías siempre dulces sueños.

Nunca logré, al amanecer, despertarte con un beso, como sé que te gustaba que hicieran, porque siempre que abría los ojos, tú ya te habías levantado. Excepto los domingos, que nos pasábamos horas metidos en la cama hasta que el perro, muerto de sed el pobre desde el día anterior, reclamaba un poco de agua saltando sobre nosotros y ladrando como un loco. Recuerdo que los lunes, como entrabas antes al trabajo, ya no te encontraba al levantarme en la cocina preparando el desayuno, ni en la ducha, ni en el vestidor escogiendo algo que te quedase bien –como si a ti pudiese quedarte mal alguna cosa-.

Los lunes ya no estabas, y habías dejado al perro sus recipientes cargados de agua y de comida, para que no me despertase antes de tiempo reclamando su ración matutina. Yo pasaba la mañana en casa escribiendo, leyendo y preparando la comida hasta que, a las dos en punto, tú metías la llave en la cerradura y el mundo se paralizaba. Entrabas radiante, con esa sonrisa, ese maletín granate y repleta de felicidad. No importaba lo mal que te hubiese ido con los clientes de la agencia, porque ahora ya estabas en casa, y los problemas laborales nunca habían traspasado esa puerta. En casa era todo genial cuando tú llegabas.

Pero aquel lunes en que no llegaste las cosas fueron diferentes. A las tres de la tarde, cuando la comida ya se había enfriado y mis nervios estaban alterados, sonó el teléfono para hacer que mi vida cambiase. Desde que te conocí, mi vida no había sufrido un giro tan radical, pero esta vez no era un buen cambio; esta vez no había encontrado la razón de mi existir, sino la sinrazón. Al otro lado del teléfono estaba tu madre, que acertó a decir tan sólo dos palabras entre gritos de desesperación. Aquellas dos palabras, sólo dos, retumbaron dentro de mí como si me hubiesen zarandeado con una fuerza brutal moviendo cruelmente todos los órganos de mi cuerpo; como si me hubiesen abierto el pecho con una navaja para arrancarme de cuajo el corazón. Aquellas dos palabras lo cambiaban todo: “está muerta”.

Han pasado cuatro meses, y aquí estoy, sentado con el perro en el sofá escribiendo la crónica de mi vida. No lo he hecho en la mesa porque tus lienzos y tus lápices siguen ahí, esperándote, como si fueses a volver en cualquier momento para comenzar a pintar esos dibujos abstractos que a tu madre le horrorizan. Por cierto, acaba de llamarme para decirme que no cene mucho, que me prepare algo ligero. Sigue llamando cada noche, y gracias a eso consigo guardar la línea. Bueno, gracias a eso y al footing, aunque ahora, al llegar sudado a casa, ya no me meto en la bañera sino en la ducha. La bañera la reservo para el perro, porque a ti no te importaba que se metiese en ella. Hoy hace frío, pero tu manta de elefantes me protege. Cada noche duermo con ella, por eso sueño contigo. Te echo de menos. Te quiero.





Ya no estarás más… núnca más

22 11 2009

Anoche necesité un abrazo y me giré en la cama esperando encontrarlo. Junto a mí, sin embargo, no encontré nada más que una almohada y una soledad espantosa que me dio miedo. Me asusté. Sentí en mi interior un escalofrío al saber que tendría que pasar el resto de la noche sin ese abrazo que tanto anhelaba.

Como un bebé desconsolado, no pude evitar soltar una lágrima de tristeza. No es la primera vez que me pasa, aunque sí que es la primera en que me giro y no te encuentro a mi lado. Antes, cuando me sucedía a media noche, no te importaba que te despertase sólo para pedirte un beso, una caricia, un arrumaco. Ahora, sin embargo, ni si quiera quieres que te llame, que te cuente lo que me pasa, que te diga lo que siento. Para ti ya no soy nada.

Un día me enamore de tu corazón, pues parecía ser tan sensible, tan pausado, tan fácil de amar y de hacer vibrar. Pero ahora se ha vuelto de piedra, ya no late, ya no vibra, es tan sólo una roca inmunda y sin sentimiento que no se conmueve ante nada.

Ya no existe aquella chica a la que amé un día con locura. Yo sigo estando loco, eso es inútil negarlo, pero ella no lo aprecia, no lo sabe, y si lo sabe parece no querer darse cuenta. Si al menos me dijera qué es eso que la hizo huir, que la obligó a cambiar el camino que andábamos juntos por otro que desconozco, y lo que es peor, que ella desconoce también…

Quizás un día andando, ella por su camino y yo por el mío, coincidamos en un cruce común. Puede que nos crucemos y no me reconozca, que haya olvidado cuanto la ame –y aún la amo-, que no recuerde ya que algún día me abrazó como el niño que se amarra a su peluche favorito para no pasar miedo en esa noche de viento y de tormenta, noche tras noche; o tal vez me recuerde, y me mire fijamente a los ojos, como lo hacía antes cada vez que íbamos juntos a tomar café. Pasábamos horas sentados uno frente a otro, simplemente mirándonos, sin decir nada. Porque no hacía falta decir nada; quizás al encontrarnos, ella lleve a su lado a un nuevo compañero de camino. Me alegraría por ella, y sobre todo por él, qué afortunado. Seguro que la cuida y la ama como se merece, aunque dudo que pueda hacerlo más de lo que lo hago yo. No sé si es posible amar tanto; no sabía, antes de conocerla, que se podía depender de tal modo del cariño de una persona, de su voz, de su sonrisa, de sus gestos, de su modo de caminar, de esa forma tan genial que tiene de atusarse el pelo cuando se sienta a estudiar sobre la cama.

Pero lo más probable es que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse nunca porque, como decía, esa chica ya no existe. Aquella niña traviesa pero amable, inquieta pero paciente, alocada y caprichosa, pero también adorable y fascinante… esa niña ya no es una niña. Y yo ya no soy aquel niño inocente y atolondrado que se dejó engatusar por los encantos de una princesa que bajo el vestido y la corona escondía una piel sin sensibilidad y sin capacidad de amar, y aún más, que no dejaba que nadie la amase.

Que desgraciado soy de haber perdido a ese amor, pero más desgraciada es ella, sin duda, que no se ha dejado amar y que no alcanzará nunca la felicidad; que nunca podrá decir que ha estado enamorada.





Nos hemos multiplicado demasiado

21 11 2009

Nos hemos multiplicado demasiado. Salir de casa ahora ya no es lo mismo que hacerlo en la Edad Media. No porque ahora no llevemos espada sino teléfono móvil; no porque en vez de montar a caballo viajemos en autobús; no, no me refiero a los evidentes cambios que han sufrido la técnica, la estética, el medio ambiente y todo en general. Me refiero al ámbito más propiamente humano.

Salir de casa en la Edad Media y cabalgar por los campos de trigo de aldea en aldea sin encontrarse con nadie debía ser una pasada. Ahora eso ya no puede hacerse, porque siempre tendrás que tener cuidado de no entrar en terrenos privados cultivados, de no caer en una acequia o de no topar de frente con un póster eléctrico.

El planeta se está llenando demasiado de gente. Me gustaría saber cuantas miles de toneladas pesa ahora la Tierra más que hace quinientos años, sería un dato curioso. De momento tenemos la certeza de que soporta el peso, pero no se si soportará las grandes masas acumulatorias de zonas como Tokio o regiones de la India. Es cierto que hay otras áreas casi despobladas, pero eso no es consuelo.

No quiero entrar ahora en otros trastornos que venimos cometiendo desde hace tiempo y que ahora parece que se quieren solucionar de forma inmediata, como el archi nombrado cambio climático, el deshielo de los polos, el aumento de las personas que pasan hambre o los niños que mueren por minuto. Me referiré sólo a la ingente cantidad de personas que pueblan las calles, por ejemplo, de ciudades como Madrid, Londres, Dublín, Nueva York o la ya citada ciudad de Tokio.

Desde luego debe ser más placentero y apacible pasear ahora por ellas que en el siglo XVII, con las aceras llenas de barro y excrementos de caballo, olor a putrefacción por doquier y una salubridad más que cuestionable. Pero aún así, aún con esos datos, me gustaría pasear por las calles del barrio de Mont-Matre de París con sombrero de copa viendo pasar los coches de caballos cargados de ilustres condesas, pintores y escritores de la época y, descalzos entre el barro, los aldeanos cargados con cestos de comida. Se respiraba mejor, estoy seguro. Quizás aire maloliente y fétido, pero al menos se respiraba, el verde era más habitual en las ciudades y siempre cabía la posibilidad de, con unos cuantos pasos, salir al exterior de la ciudad, al campo.

Pero hoy ya no es así: desde la plaza mayor de cualquier gran ciudad española, alcanzar un descampado de árboles y animales en plena naturaleza, sin ningún tipo de contaminación humana, se hace tarea imposible. Llegar al campo supone dejar atrás las calles empedradas del centro, las avenidas de ancianas con el carro, bebés berreando, punkis, góticos, frikis, borrachos, jóvenes, adolescentes, empollones, pervertidos, drogadictos…; dejar atrás barrios y barrios hasta llegar a polígonos industriales con calles interminables que dan a parar a la vía de un tren. Y al otro lado de los raíles, la central eléctrica, los cables de la luz, zonas restringidas y peligrosas, zanjas… Al final del todo, campos de cultivo en propiedad privada, bosques propiedad de los cuarteles militares abandonados… y así un largo etcétera. Cuando parece que sales a pleno cielo azul lejos de aquella plaza mayor, te topas casi ya con la plaza mayor de un pueblo cercano a la ciudad.

Todo está invadido por nosotros, y la naturaleza nos va cediendo terreno. Creo que ha sido ya demasiado generosa, y el día en que se harte de ceder, que no debe estar lejos, a ver donde nos escondemos, porque cuando la naturaleza se pone brava, los humanos somos sólo pequeñas piedras en el camino con las que acaba a su paso de una sola patada. ¡Sálvese quien pueda!





Acercándose peligrosamente

21 11 2009

Vienen ahora por el camino, vienen deprisa, se aproximan a toda velocidad, y no hay nada que pueda detenerles. Irremediable e inexorablemente, van a llegar en breves instantes para dar al traste con su vida. Ya llegan, ya no hay nada que hacer. Han sido solamente siete segundos que han pasado tan lentos como siete años, pero ya se han terminado. El final está sucediendo en el mismo instante en que se escriben estas letras.

Las patas de los caballos se frenan en seco levantando gran polvareda y las hojas del camino, la mujer se entrega a su voluntad y el caballero, con la espada empuñada desde hacía largo rato, pasa el filo por su cuello y aprieta hasta separar el cráneo del resto del cuerpo. Sus secuaces observan desde a tras a lomos de sus equinos.

La cabellera de la mujer y su cara desencajada caen sin más sobre el manto del bosque. Aún laten sus entrañas en el cuerpo que se mantiene en pie un leve instante, degollado, decapitado… hasta que las rodillas se flexionan y también se deja caer sobre el pavimento de ramas secas. Ya no depende de las órdenes del cerebro, pues este yace unos centímetros más allá.

Los caballos y sus caballeros se alejan por el camino con la conciencia tan limpia como antes del crimen. Era sólo una campesina en medio del camino. Sólo un cuerpo sin alma. Sólo una más de entre tantas. Era sólo una cabeza. Sólo resta esperar a que algún animal hambriento devore sus sesos y sus restos se pudran cual manzana caída y no comida.

Digamos que es… el ciclo de la naturaleza… la esencia de la vida… una muerte que da vida a otras vidas que morirán pronto para hacer lo propio. Es una manera más de contribuir al ciclo productivo. El trote es cada vez más lejano. El alma cada vez más viva. La carne cada vez más muerta. El frío de apodera de los órganos y la piel, la sangre se hiela.

Al cabo de cinco minutos, se abren sus ojos. Una visión fantasmagórica: una cabeza en el suelo con el cerebro fuera, separada del cuerpo pero que abre los ojos. Y mira, busca… trata de entender qué pasa. No puede moverse, lógico. No tiene nada que mover. Está muerta… ¿o no? De cualquier modo, los zorros no tardarán en arrancar sus ojos para saborearlos. Son un dulce manjar. Si no son ellos, serán los cuervos. No durará mucho en un paraje tan poblado de criaturas salvajes. Mientras, los caballeros ya divisan a lo lejos a su nueva víctima…