En compañía del silencio

12 05 2010

Hola de nuevo, silencio. ¿Cómo te ha ido durante todo este tiempo? Para serte sincero, lo cierto es que te he echado mucho de menos, no creo que puedas llegar a imaginar cuanto. Pero aquí estamos de nuevo, al fin juntos los dos.

Imagino que tú apenas te has acordado de mí, ya que cuando me reúno contigo te destrozo con el ruido de mis zapatillas, de mi respiración y sobre todo con el leve pero incordioso sonido del trazo de mi rotulador negro al escribir estas líneas sobre el impoluto blanco del papel. Lo siento, pero la verdad es que sólo me veo capaz de escribir cuando estoy ante ti.

Escribir es lo que me hace sentir vivo, y es paradójico que tenga que venir a hacerlo aquí, a este cementerio, donde me siento tan incómodamente rodeado de cuerpos sin alma, pero a la vez tan a gusto y reconfortado en tu compañía; me siento como una verde, radiante y pujante hoja en lo alto de la copa de un árbol luchando por sobrevivir rodeada de ramas secas y hojas anaranjadas que van cayendo poco a poco.

¿Por qué te escondes aquí, silencio? ¿Por qué niegas a los vivos el privilegio de tenerte cerca y te escabulles y escondes entre las moradas de los muertos? Te pregunto como si no te entendiera cuando, realmente, te comprendo a la perfección:  yo necesito también alejarme de la sociedad de vez en cuando, de mis problemas diarios, que no son sino simplezas y estupideces, pero eso no llegas a comprenderlo hasta que no visitas asiduamente este lugar.

Gracias por sentarte hoy junto a mí, silencio, en este banco verde frente a millares de cruces y árboles retorcidos, necesitaba de tu compañía. Sin embargo veo que tú tienes cada día más acompañantes: he visto que ya está contigo un nuevo huésped. Está cerca de José Zorrilla, en una de mis zonas favoritas del cementerio, y es, al igual que el anterior, un gran maestro para mí. Ya imagino las tertulias nocturnas entre ese Miguel Delibes, que acaba de marcharse de nuestro ruidoso mundo, junto a sus nuevos compañeros y vecinos; estoy seguro de que al cerrarse cada día las negras puertas de hierro del Campo Santo, Chacel, Zorrilla y Delibes –entre otros muchos- compartirán anécdotas y experiencias. ¡Qué envidia! Lo que daríamos muchos por estar en una de esas charlas.

Tranquilo silencio, ya me marcho, te dejo reposar de nuevo en toda tu plenitud, interrumpido sólo por el graznido de algún cuervo y alguna paloma perdida. Colocaré la capucha al rotulador y caminaré de tu brazo hacia la salida esquivando las piedras del camino. Olvídame cuando cruce el umbral, pero sólo hasta que vuelva; espérame en el banco de siempre. Aún no me he ido y ya te necesito de nuevo, necesito llevarte conmigo, pero ambos sabemos que eso no es posible. Así pues, hasta pronto, silencio.

(Cementerio del Carmen, Valladolid, martes 11 de mayo de 2010)

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