No me he olvidado, sólo estoy en silencio, pero sigo aquí

14 05 2010

Qué curiosa es la sensación que se siente cuando pasas un tiempo son verla y, sin embargo, cada día sigues recordando cada recoveco de su rostro; es increíble cómo una cosa insignificante puede recordarte a ella: desde la melena de una chica en el autobús de camino a la facultad o la risa de una niña al pasar por el parque hasta la mirada de una compañera de clase o simplemente el reflejo de agua de los charcos un día de lluvia, que siguen recibiendo gotas sin cesar caídas del cielo y que al golpear la superficie brillan de igual modo en que centellean sus ojos  o se ilumina su boca cuando sonríe mostrando sus blancos dientes.

Son ya meses los que llevo sin escuchar su voz, pero la tengo metida dentro de los sentidos; me sorprende de repente cuando estoy haciendo cualquier cosa y me desconcentra. Cómo me gustaría saber si ella, durante todas estas semanas, ha pensado en mí aunque sólo sea un instante, aunque no lo haya hecho con el mismo sentimiento con el que yo lo hago, simplemente porque haya visto algo que la recuerde a mí, o porque haya comentado con sus inseparables amigas aquellos de “Hace mucho que no le veo ni hablo con él, ya se habrá olvidado de mí”, mientras sus amigas asienten con la cabeza y cambian de tema sin dar la menor importancia a ese comentario. Un comentario que no imaginan lo poco certero que es, pues cada día en mayor el deseo que tengo de verla, y sigo siendo incapaz de comprender el motivo.

No, no me he olvidado de ti. Sé que es ese tu deseo, pero no puedo cumplirlo, lo siento. Te aseguro que podría cumplir cualquier otra cosa que me pidieses, y de hecho me muero por hacerlo: me muero por acompañarte a cada sitio, por tratar de saciar tus necesidades, de resolver tus dudas… me muero por alcanzar por ti lo inalcanzable, por besarte, por acariciar tu cuello, por hacerte el amor… me muero simplemente por que me mires a los ojos y me sonrías.

Pero ya hay un hombre a tu lado que cumple todos tus deseos, y parece hacerlo a la perfección, porque no estás carente de nada de todo aquello que te ofrecí y te ofrezco; no necesitas nada de mí. Hoy quería, pese a todo, recordarte que, como te digo, te lo sigo ofreciendo, no lo olvides nunca, por favor; no vuelvas a creer jamás que ya no pienso en ti.





En compañía del silencio

12 05 2010

Hola de nuevo, silencio. ¿Cómo te ha ido durante todo este tiempo? Para serte sincero, lo cierto es que te he echado mucho de menos, no creo que puedas llegar a imaginar cuanto. Pero aquí estamos de nuevo, al fin juntos los dos.

Imagino que tú apenas te has acordado de mí, ya que cuando me reúno contigo te destrozo con el ruido de mis zapatillas, de mi respiración y sobre todo con el leve pero incordioso sonido del trazo de mi rotulador negro al escribir estas líneas sobre el impoluto blanco del papel. Lo siento, pero la verdad es que sólo me veo capaz de escribir cuando estoy ante ti.

Escribir es lo que me hace sentir vivo, y es paradójico que tenga que venir a hacerlo aquí, a este cementerio, donde me siento tan incómodamente rodeado de cuerpos sin alma, pero a la vez tan a gusto y reconfortado en tu compañía; me siento como una verde, radiante y pujante hoja en lo alto de la copa de un árbol luchando por sobrevivir rodeada de ramas secas y hojas anaranjadas que van cayendo poco a poco.

¿Por qué te escondes aquí, silencio? ¿Por qué niegas a los vivos el privilegio de tenerte cerca y te escabulles y escondes entre las moradas de los muertos? Te pregunto como si no te entendiera cuando, realmente, te comprendo a la perfección:  yo necesito también alejarme de la sociedad de vez en cuando, de mis problemas diarios, que no son sino simplezas y estupideces, pero eso no llegas a comprenderlo hasta que no visitas asiduamente este lugar.

Gracias por sentarte hoy junto a mí, silencio, en este banco verde frente a millares de cruces y árboles retorcidos, necesitaba de tu compañía. Sin embargo veo que tú tienes cada día más acompañantes: he visto que ya está contigo un nuevo huésped. Está cerca de José Zorrilla, en una de mis zonas favoritas del cementerio, y es, al igual que el anterior, un gran maestro para mí. Ya imagino las tertulias nocturnas entre ese Miguel Delibes, que acaba de marcharse de nuestro ruidoso mundo, junto a sus nuevos compañeros y vecinos; estoy seguro de que al cerrarse cada día las negras puertas de hierro del Campo Santo, Chacel, Zorrilla y Delibes –entre otros muchos- compartirán anécdotas y experiencias. ¡Qué envidia! Lo que daríamos muchos por estar en una de esas charlas.

Tranquilo silencio, ya me marcho, te dejo reposar de nuevo en toda tu plenitud, interrumpido sólo por el graznido de algún cuervo y alguna paloma perdida. Colocaré la capucha al rotulador y caminaré de tu brazo hacia la salida esquivando las piedras del camino. Olvídame cuando cruce el umbral, pero sólo hasta que vuelva; espérame en el banco de siempre. Aún no me he ido y ya te necesito de nuevo, necesito llevarte conmigo, pero ambos sabemos que eso no es posible. Así pues, hasta pronto, silencio.

(Cementerio del Carmen, Valladolid, martes 11 de mayo de 2010)





Hoy te recuerdo especialmente

2 05 2010

Hoy te recuerdo especialmente, no me preguntes el motivo. Lo cierto es que, después de varios meses sin ti, la soledad me ha hecho más fuerte, más necio, más insensible. He creado alrededor de mí una barrera para que nadie se me acerque. Sin embargo hoy te recuerdo de nuevo y me vuelvo a emocionar como cuando era sentimental, tierno y vulnerable. He vuelto a sentirme frágil al levantarme y abrazar la almohada como te abrazaba a ti. He pisado descalzo la alfombra del baño que colocabas constantemente cada vez que entrabas, y aunque siempre ha estado ahí, hoy me ha recordado a ti. Cuando iba a desayunar, he retirado todas las tazas del armario y ¿sabes qué?, he encontrado al fondo tu taza, la de la margarita, aquella a la que tenías tanto cariño porque te la regalaron por tu primera comunión. Me he preparado el café en ella, espero que no te importe, y al tomarla entre mis manos para beber, por mis entrañas corría tu olor rápido y fresco, como si esa taza contuviese tu alma y hubiese decidido entrar en mí para darse un paseo.

Hoy te recuerdo especialmente, no me preguntes el motivo. Lo cierto es que me han venido a la mente tantos momentos buenos al sentarme en el sofá con el café… tantas batallas de caricias, cosquillas y risas aquí, en este mismo sofá; tantos amaneceres que nos encontraron tumbados uno encima del otro y desnudos sobre estos cojines; tantas películas que desde aquí visionamos juntos… a veces me agarrabas porque te daba miedo la escena y llegabas a hacerme daño; otras veces, las escenas de amor te recordaban a nosotros, y me besabas sin dejar de mirar la pantalla; en otras ocasiones incluso me regañabas por poner un película desagradable, de esas de tiros y mafiosos que te horrorizan.

Hoy te recuerdo especialmente, y el motivo es que hace justo seis meses que te marchaste; hoy, concretamente a las diez y media de la noche, se cumplirán esos seis meses, y como si fuese un ritual litúrgico he preparado la casa para la ocasión, me he arreglado, he encendido varias velas y he conseguido eliminar la torre de ropa que esperaba ser planchada, porque odias que al llegar a casa haya un montón de ropa sin planchar. Pero todo para qué, si no vas a volver. Lo más seguro es que, como tantas otras veces, me quede dormido aquí en el sofá, vestido con estos feos pantalones que a ti te encantan, con mis mejores galas, con mis mejores recuerdos y mis mejores intenciones, pero tú no aparecerás por la puerta.