¿A qué huelen las entrañas?

1 12 2009

Con magistral pericia y sigilo, organizó las armas de las que disponía sobre una mesa de madera. Los afilados cuchillos fueron ordenados según el tamaño de sus hojas de mayor a menor, y el martillo, la sierra y otros punzantes objetos fueron colocados aleatoriamente, pero en línea recta. Todo estaba listo. Sin embargo, faltaba en aquella tabla superpuesta sobre cuatro patas metálicas el arma definitiva; aquella con la que cometería el crimen; la verdadera herramienta que daría muerte a su víctima.

El vil asesino se valió de sus propias manos y de sus dientes para ejecutar el asesinato cuando, a las diez en punto –tal y como estaba previsto- la puerta principal de la casa se abrió y entró aquella preciosa mujer morena de piernas larguísimas, mentón prominente y ojos achinados. Su melena se movió suavemente con el viento desplazado por la puerta al cerrarse. Ya estaba en casa después del trabajo. Nada parecía indicar que las cosas fuesen a ser diferentes esa noche: ella se descalzaría, se desprendería de su ropa poco a poco, se metería en la bañera para relajarse después de una dura jornada laboral y, antes de acostarse, prepararía algo de cena, como hacía siempre. Pero las cosas no eran ese día como todos los demás. No estaba sola, alguien se había colado en la casa.

Junto a la entrada, y de frente al espejo, la mujer divisó a través de él una sombra oscura y grande en la cocina. Al girarse y dirigirse hacia allí, se topó de frente con un enorme caballero de negro con capucha que no había tenido la decencia ni siquiera de esconderse. Estaba allí plantado, en medio de la cocina, esperándola. Ella trató de gritar, pero fue en vano. Sus cuerdas bocales no vibraban, y ya no volverían a hacerlo nunca más. Se acercó despacio aquel hombre encapuchado y, sin más dilación, la mordió en el cuello. Después en un pómulo, del cual comenzó a brotar sangre que descendía por la linda cara de la muchacha lentamente. La agarró con sus brazos tan fuerte que la partió varias costillas con ese abrazo maldito. Seguidamente, la desnudó mientras la mirada de ella se perdía en el infinito, soportando el dolor inmenso e inaguantable sin poder abrir la boca. Estaba en shock, el estupor se apoderó de ella. Creyó que ya estaba muerta, pero no era así, aún tendría que pasar unos minutos de tortura.

Yacía en cueros en el frio suelo de aquella inmensa cocina cuando el agresor, como quien despedaza un trozo de pollo, mordisqueó con su potente mandíbula las piernas y los senos de la mujer. El espectáculo era horrible, y el olor de la sangre caliente impregnó cortinas, muebles y todo aquello que había alrededor. La mujer perdió el conocimiento, dejó de respirar. Estaba clínicamente muerta. Entonces el agresor se levantó con la boca llena de sangre y se dispuso a coger uno de los cuchillos de la mesa de la cocina, preparada –como sabemos- para la ocasión. Y así dio comienzo la carnicería.

Lo primero fue extraer el corazón con una abertura entre los pechos sangrantes. Cuando lo tuvo en su mano, notó como aún estaba palpitante, casi latía todavía. Esa sensación, que puede resultar tan repulsiva y repugnante para cualquiera, era un deleite para aquel sicópata que disfrutaba sin perder la sonrisa. Olisqueó el corazón, se lo pasó junto a los labios y lo dejó en el suelo. Uno tras otro, los pedazos del cuerpo de la mujer fueron depositados en un montón junto a la entrada de la cocina, separados gracias a las herramientas de ese obrero de la muerte. El sonido de los huesos al ser diseccionados por las cuchillas afiladas y la sierra era ensordecedor e indescriptible, similar al del estoque del torero cuando entra a matar al toro sangriento y moribundo.

Fue un espectáculo sin público, pero con un protagonista, eso sí, que disfrutó del festín y otro que lo sufrió en sus propias carnes, expresión muy adecuada en este caso. La cocina presentaba un aspecto muy tétrico cuando la fiesta terminó. Pero el olor… el olor era peor que ninguna otra cosa. ¿Cómo podría oler tan mal aquella mujer diseccionada, si su olor era estupendo cuando entró por la puerta de casa? Somos sólo carne que necesita una cuchillada, nada más, para convertirse en putrefacta y maloliente. Somos un marasmo de entrañas retorcidas y viscosas, tremendamente asquerosas, recubiertas de un caparazón algo más vistoso y agradable a la vista, que oculta nuestro verdadero ser; que nos convierte en algo bello; que nos disfraza. Pero, al fin y al cabo, lo importante es el interior… ¿no?

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