El sueño de los elefantes enamorados

24 11 2009

Anoche salí a hacer footing y a pasear al perro, como hacíamos antes, ¿recuerdas?, cuando aún no te habías ido, y me pareció verte delante corriendo despacio, con esas mayas verdes que te quedaban tan bien. Será porque hace tanto que no te veo y hace tanto que te sueño cada noche, que la vida a veces ya se me convierte en sueños; que ya no sé distinguir entre la vigilia y la fantasía, entre lo real y lo que en realidad deseo.

Salíamos los dos juntos a correr bajo las estrellas para después llegar a casa y darnos un baño. Cuántas veces el perro saltó a la bañera y se metió con nosotros, llenando el baño de agua. Yo me enfadaba con él y le regañaba, pero tú sonreías, como siempre, para que se me quitase el enfado, y una vez más lo conseguías. Después, preparábamos la cena juntos, y aunque llegásemos hambrientos, tú siempre preparabas algo ligero, porque tu madre te había repetido desde niña que hay que cenar poco, y tú cada noche me lo repetías a mí, poniendo esa voz que pone tu madre siempre cuando va a decir algo importante.

Cenábamos tirados en el sofá, porque la mesa siempre estaba ocupada con tus lápices, tus lienzos y el portátil con el que yo escribía mis crónicas. Jamás logramos recoger la mesa un día para poder cenar sentados como personas civilizadas, pero no importaba, porque en el sofá lo pasábamos mucho mejor, y además así luego no había que quitar la mesa y recoger las migas. Las del sofá se las comía el perro, algo que tú odiabas porque te parecía una guarrada.

La mayoría de las veces te quedabas dormida allí mismo, en el sofá, enfundada en esos ajustados vaqueros viejos que te ponías para estar en casa, tan incómodos para pasar la noche. Entonces, comenzaba uno de mis rituales favoritos: el de llevarte a la cama en brazos para desnudarte poco a poco y con cuidado de que no te despertarás. Una vez en cueros, te tapaba con la manta de elefantes que guardabas desde niña, porque, según decías, gracias a esa manta tenías siempre dulces sueños.

Nunca logré, al amanecer, despertarte con un beso, como sé que te gustaba que hicieran, porque siempre que abría los ojos, tú ya te habías levantado. Excepto los domingos, que nos pasábamos horas metidos en la cama hasta que el perro, muerto de sed el pobre desde el día anterior, reclamaba un poco de agua saltando sobre nosotros y ladrando como un loco. Recuerdo que los lunes, como entrabas antes al trabajo, ya no te encontraba al levantarme en la cocina preparando el desayuno, ni en la ducha, ni en el vestidor escogiendo algo que te quedase bien –como si a ti pudiese quedarte mal alguna cosa-.

Los lunes ya no estabas, y habías dejado al perro sus recipientes cargados de agua y de comida, para que no me despertase antes de tiempo reclamando su ración matutina. Yo pasaba la mañana en casa escribiendo, leyendo y preparando la comida hasta que, a las dos en punto, tú metías la llave en la cerradura y el mundo se paralizaba. Entrabas radiante, con esa sonrisa, ese maletín granate y repleta de felicidad. No importaba lo mal que te hubiese ido con los clientes de la agencia, porque ahora ya estabas en casa, y los problemas laborales nunca habían traspasado esa puerta. En casa era todo genial cuando tú llegabas.

Pero aquel lunes en que no llegaste las cosas fueron diferentes. A las tres de la tarde, cuando la comida ya se había enfriado y mis nervios estaban alterados, sonó el teléfono para hacer que mi vida cambiase. Desde que te conocí, mi vida no había sufrido un giro tan radical, pero esta vez no era un buen cambio; esta vez no había encontrado la razón de mi existir, sino la sinrazón. Al otro lado del teléfono estaba tu madre, que acertó a decir tan sólo dos palabras entre gritos de desesperación. Aquellas dos palabras, sólo dos, retumbaron dentro de mí como si me hubiesen zarandeado con una fuerza brutal moviendo cruelmente todos los órganos de mi cuerpo; como si me hubiesen abierto el pecho con una navaja para arrancarme de cuajo el corazón. Aquellas dos palabras lo cambiaban todo: “está muerta”.

Han pasado cuatro meses, y aquí estoy, sentado con el perro en el sofá escribiendo la crónica de mi vida. No lo he hecho en la mesa porque tus lienzos y tus lápices siguen ahí, esperándote, como si fueses a volver en cualquier momento para comenzar a pintar esos dibujos abstractos que a tu madre le horrorizan. Por cierto, acaba de llamarme para decirme que no cene mucho, que me prepare algo ligero. Sigue llamando cada noche, y gracias a eso consigo guardar la línea. Bueno, gracias a eso y al footing, aunque ahora, al llegar sudado a casa, ya no me meto en la bañera sino en la ducha. La bañera la reservo para el perro, porque a ti no te importaba que se metiese en ella. Hoy hace frío, pero tu manta de elefantes me protege. Cada noche duermo con ella, por eso sueño contigo. Te echo de menos. Te quiero.

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