Ya no estarás más… núnca más

22 11 2009

Anoche necesité un abrazo y me giré en la cama esperando encontrarlo. Junto a mí, sin embargo, no encontré nada más que una almohada y una soledad espantosa que me dio miedo. Me asusté. Sentí en mi interior un escalofrío al saber que tendría que pasar el resto de la noche sin ese abrazo que tanto anhelaba.

Como un bebé desconsolado, no pude evitar soltar una lágrima de tristeza. No es la primera vez que me pasa, aunque sí que es la primera en que me giro y no te encuentro a mi lado. Antes, cuando me sucedía a media noche, no te importaba que te despertase sólo para pedirte un beso, una caricia, un arrumaco. Ahora, sin embargo, ni si quiera quieres que te llame, que te cuente lo que me pasa, que te diga lo que siento. Para ti ya no soy nada.

Un día me enamore de tu corazón, pues parecía ser tan sensible, tan pausado, tan fácil de amar y de hacer vibrar. Pero ahora se ha vuelto de piedra, ya no late, ya no vibra, es tan sólo una roca inmunda y sin sentimiento que no se conmueve ante nada.

Ya no existe aquella chica a la que amé un día con locura. Yo sigo estando loco, eso es inútil negarlo, pero ella no lo aprecia, no lo sabe, y si lo sabe parece no querer darse cuenta. Si al menos me dijera qué es eso que la hizo huir, que la obligó a cambiar el camino que andábamos juntos por otro que desconozco, y lo que es peor, que ella desconoce también…

Quizás un día andando, ella por su camino y yo por el mío, coincidamos en un cruce común. Puede que nos crucemos y no me reconozca, que haya olvidado cuanto la ame –y aún la amo-, que no recuerde ya que algún día me abrazó como el niño que se amarra a su peluche favorito para no pasar miedo en esa noche de viento y de tormenta, noche tras noche; o tal vez me recuerde, y me mire fijamente a los ojos, como lo hacía antes cada vez que íbamos juntos a tomar café. Pasábamos horas sentados uno frente a otro, simplemente mirándonos, sin decir nada. Porque no hacía falta decir nada; quizás al encontrarnos, ella lleve a su lado a un nuevo compañero de camino. Me alegraría por ella, y sobre todo por él, qué afortunado. Seguro que la cuida y la ama como se merece, aunque dudo que pueda hacerlo más de lo que lo hago yo. No sé si es posible amar tanto; no sabía, antes de conocerla, que se podía depender de tal modo del cariño de una persona, de su voz, de su sonrisa, de sus gestos, de su modo de caminar, de esa forma tan genial que tiene de atusarse el pelo cuando se sienta a estudiar sobre la cama.

Pero lo más probable es que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse nunca porque, como decía, esa chica ya no existe. Aquella niña traviesa pero amable, inquieta pero paciente, alocada y caprichosa, pero también adorable y fascinante… esa niña ya no es una niña. Y yo ya no soy aquel niño inocente y atolondrado que se dejó engatusar por los encantos de una princesa que bajo el vestido y la corona escondía una piel sin sensibilidad y sin capacidad de amar, y aún más, que no dejaba que nadie la amase.

Que desgraciado soy de haber perdido a ese amor, pero más desgraciada es ella, sin duda, que no se ha dejado amar y que no alcanzará nunca la felicidad; que nunca podrá decir que ha estado enamorada.

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