Acercándose peligrosamente

21 11 2009

Vienen ahora por el camino, vienen deprisa, se aproximan a toda velocidad, y no hay nada que pueda detenerles. Irremediable e inexorablemente, van a llegar en breves instantes para dar al traste con su vida. Ya llegan, ya no hay nada que hacer. Han sido solamente siete segundos que han pasado tan lentos como siete años, pero ya se han terminado. El final está sucediendo en el mismo instante en que se escriben estas letras.

Las patas de los caballos se frenan en seco levantando gran polvareda y las hojas del camino, la mujer se entrega a su voluntad y el caballero, con la espada empuñada desde hacía largo rato, pasa el filo por su cuello y aprieta hasta separar el cráneo del resto del cuerpo. Sus secuaces observan desde a tras a lomos de sus equinos.

La cabellera de la mujer y su cara desencajada caen sin más sobre el manto del bosque. Aún laten sus entrañas en el cuerpo que se mantiene en pie un leve instante, degollado, decapitado… hasta que las rodillas se flexionan y también se deja caer sobre el pavimento de ramas secas. Ya no depende de las órdenes del cerebro, pues este yace unos centímetros más allá.

Los caballos y sus caballeros se alejan por el camino con la conciencia tan limpia como antes del crimen. Era sólo una campesina en medio del camino. Sólo un cuerpo sin alma. Sólo una más de entre tantas. Era sólo una cabeza. Sólo resta esperar a que algún animal hambriento devore sus sesos y sus restos se pudran cual manzana caída y no comida.

Digamos que es… el ciclo de la naturaleza… la esencia de la vida… una muerte que da vida a otras vidas que morirán pronto para hacer lo propio. Es una manera más de contribuir al ciclo productivo. El trote es cada vez más lejano. El alma cada vez más viva. La carne cada vez más muerta. El frío de apodera de los órganos y la piel, la sangre se hiela.

Al cabo de cinco minutos, se abren sus ojos. Una visión fantasmagórica: una cabeza en el suelo con el cerebro fuera, separada del cuerpo pero que abre los ojos. Y mira, busca… trata de entender qué pasa. No puede moverse, lógico. No tiene nada que mover. Está muerta… ¿o no? De cualquier modo, los zorros no tardarán en arrancar sus ojos para saborearlos. Son un dulce manjar. Si no son ellos, serán los cuervos. No durará mucho en un paraje tan poblado de criaturas salvajes. Mientras, los caballeros ya divisan a lo lejos a su nueva víctima…

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